Por la belleza del edificio, por la calidad de sus productos y por la atmósfera que se respira en él, el Mercado Central de Valencia es una de las visitas obligadas para el viajero y para todo amante de la cocina mediterránea.

Inaugurado en enero de 1928, está situado en el corazón de la urbe, en el barrio del Mercado, y lo primero que llama la atención es el esplendor de su fábrica, que aglutina lenguajes modernistas, historicistas y novecentistas hasta expresarlos en una obra única culminada por su cúpula central, que se eleva hasta los 30 metros y lo inunda de luz natural.
Una escalinata de piedra conduce a su entrada principal, flanqueada a ambos lados por un puñado de curiosos puestos a pie de calle donde se puede adquirir una paella o cualquier utensilio de cocina, una bolsa de frutos secos, o comerse una tapas gloriosas.
Ya en su interior, sorprende la anchura de los pasillos, que permiten una circulación cómoda y desahogada. Hay una nota catedralicia en el edificio por dentro, que puede llegar a confundir, porque la actividad del Mercado Central no es otra cosa que una suerte de celebración pagana tan del gusto del pueblo valenciano.
La excepcionalidad del Mercado Central no sería tal sin la excelencia de los productos que ofrece, y que sencillamente son los mejores. Hay que hacer especial mención a los de la huerta valenciana, cuya mera exposición en los puestos define el concepto de exuberancia. En algunos de ellos se han especializado tanto que hasta ofrecen siete variedades de judías verdes. Calabazas, berenjenas y pimientos asados. Abundancia de mercancía que deja atónito al primerizo. Valencia es famosa por sus tomates, los produce en tal cantidad y de tal calidad que me atrevo a decir que no se pueden encontrar mejores.
La zona de la pescadería, por su parte, también depara una sorpresa: las anguilas vivas. Las anguilas son una especie de emblema de esta tierra, y en los puestos serpentean en el agua de las peceras donde están confinadas a la espera del sacrificio cuando el cliente las elija, tras lo cual contribuirán a la confección de un all i pebre -anguilas guisadas en cazuela de barro con ajo y pimentón. Se puede entender que no todo forastero acepte de buen grado tal visión, pero aún he de conocer a alguno que se muestre reluctante cuando le ofrecen el plato ya cocinado.
Como contrapunto a lo más tradicional, donde no hay que olvidar los puestos de salazones con sus mojamas y huevas de maruca, y como corresponde a una ciudad que sigue el ritmo de los tiempos, hay diseminados por el mercado diferentes puestos de delicatessen, y de comida griega e italiana, donde se puede adquirir desde un aceite de oliva de la máxima calidad hasta tarama, pasta fresca italiana o cualquier otro capricho, sea sal ahumada, bombones o galletas con especias.
En una nota personal, he de recomendar el puesto de fruta de Doña Concha, al fondo. Pregunten por ella. Sólo allí puedo encontrar pomelos amarillos, siete variedades de manzanas o unos mangos como jamás había probado. La excelencia y variedad de su mercancía sólo es superada por la amabilidad de la misma Doña Concha, que atiende con diligencia y amabilidad el puesto y que parece de otro tiempo, quizá del que inauguró el Mercado.
Estelastar
Un gran plan para el amante de la cocina: pasar una mañana en el Mercado Central, volver a tu apartamentos en Valencia cargado de los tesoros que descubrirás, y preparar un festín de comida mediterránea auténtica.

Paul Oilzum






