Según las antiguas historias griegas, la discordia y el amor nacen del crimen del tiempo. Hubo un momento primordial y enrollado perpetuamente en sí mismo en que Urano, el Cielo, parecido hasta el pavor de lo idéntico, hasta el espanto del doble simétrico, a su madre Gea, la Tierra, vivía inextricablemente pegado a la piel, que es siempre lo más profundo, de esta. Podría decirse que durante un periodo imposible de determinar esta historia de proximidad constante, de intimidad sexual incestuosa, de negación de la separación del cuerpo de la madre tierra, fue la única historia, el único impulso, el único pensamiento, la única actividad, el único deseo del Cielo.

Como ambos se asemejaban en todo hasta la sensación de duplicación más siniestra, la ubérrima fertilidad del uno hallaba en la de la otra un complemento perfecto, pero las monstruosas criaturas titánicas—de las cuales era el mayor el Océano, círculo líquido que ciñe y rodea todo el universo–, ciclópeas y hecatonquireas nacidas de la unión perpetua de ambos hallaban imposible salir del seno de su madre, como imposible hallaba la luz abrirse paso, dada la negación del Cielo a romper por un solo instante su contacto físico con la Tierra. Una noche permanente cubría el mundo del mismo modo que Urano cubría y fecundaba perpetuamente a Gea, en cuyo seno era el único que encontraba espacio para el desarrollo, condenando a sus propios hijos a una existencia estática, amorfa y no individualizada, comprimidos como estaban sin remedio en el vientre de la madre Tierra.
Nada podía abrirse y desplegarse hasta la irrupción violenta del más joven de los Titanes, Cronos, el Tiempo, cuya celebrada astucia se vio acompañada por una audacia no menos considerable cuando decidió ayudar a su madre a llevar a cabo un crucial plan sangriento. En una ocasión tremenda, empuñó con una mano—ignoramos con qué grado de vacilación, o dudas, o temblor, o miedo, ningún relato abunda en ello—la hoz de hierro blanco que para la estratagema había fabricado Gea y sujetando con la otra los genitales de Urano, su padre, cuando éste vertía su simiente en la Tierra lo emasculó de un solo tajo, arrojando acto seguido su miembro viril al aire, bien lejos, y dando origen así, pues que el Cielo entre alaridos se separó de la Tierra para instalarse de modo perenne en la cima del mundo, a la sucesión de generaciones, al dominio del transcurso del tiempo, ligado desde entonces a la liberación y los pliegues del espacio como mucha gente cree ilusamente que acabó descubriendo Albert Einstein.
De las gotas de sangre del pene de Urano que cayeron al suelo nacieron las Erinias, los Gigantes y las Melíades, criaturas que encarnan la venganza, la violencia, el castigo, el combate, la guerra y la matanza, pero el miembro quedó flotando al caer en el océano mezclándose la espuma de su esperma con la espuma marina para generar a Afrodita, a cuyo paso nacen bajo sus pies las flores más bellas. Su séquito lo forman Eros e Hímero, el Amor y el Deseo.
Es una historia terrible y hermosa de contar mirando la espuma del Meditérraneo, que trae mensajes de Chipre, y los cuerpos que aroman la playa de la Malvarosa de sexo cuando se alquilan apartamentos en Valencia


Estelastar



Ara

Paul Oilzum
ArBlanco







